Alberto Moncada

Evolución histórica del Opus Dei



El primer Opus Dei se desarrolla en el seno del bando victorioso en la guerra civil al calor del fervor religioso de la época y Escrivá lo concibe como una especie de alternativa católica a la Institución Libre de Enseñanza. En los años cuarenta, favorecidos por un Ministro de Educación simpatizante, una docena de sus miembros ocupan posiciones importantes en la Universidad española y en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas y tratan de establecer, sin saberlo muy bien ellos mismos, una versión española de la Action Francaise. De esa època es la creación de la Editorial Rialp en la que Rafael Calvo Serer publica su “España sin problema”, como respuesta a las dudas de Pedro Lain Entralgo en “España como problema” y en la que Florentino Pérez Embid y otros socios traducen el pensamiento conservador europeo y se declaran seguidores de Menéndez y Pelayo. El intento fracasa enseguida tanto por la escasa preparación doctrinal de aquellos jóvenes profesores, ahogados por una estrecha censura del pensamiento como por las contínuas peleas con otros grupos. Sin embargo, Pérez Embid, Rodriguez Casado y otros opusdeistas se incorporan a la Administración cultural franquista, primero en el Ministerio de Propaganda de Arias Salgado y luego en la dirección y control del Ateneo. La progresiva cercanía del grupo al poder franquista y, en particular, la estrecha relación entre Carrero Blanco y Laureano López Rodó, que destaca como organizador administrativo en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, permite la segunda y más productiva etapa. Durante ella, años cincuenta y sesenta, Franco entrega la dirección de la maltrecha economía española a tres o cuatro opusdeistas, Alberto Ullastres, Mariano Navarro, Gregorio López Bravo y con ocasión de esa preeminencia surge un vigoroso “lobby” de miembros, amigos y favorecidos de la Obra, que se asocian y crean un montón de empresas nacidas al calor de la nueva “familia”. Son años en los que el grupo se expansiona geográficamente, también fuera de España, sobre todo en las dictaduras de América Latina, Chile, Argentina, penetrando los grupos de católicos que se sienten más lejanos a las consignas del Concilio Vaticano II. Mientras tanto Roma ve con suspicacia a la fundación escrivaniana. La corriente mayoritaria en la Iglesia acusa al grupo de colusión con la dictadura española y de haber optado por el integrismo teológico más supino. Pablo VI, que fué militante antifranquista desde su Arzobispado de Milán, es particularmente crítico con esta situación y bloquea la petición de Escrivá de transformar la condición canónica del entonces Instituto secular.


La actuación política de los opusdeistas de la época se concreta en el primer ajuste duro de la economía española, algo que los tecnócratas posteriores suelen elogiar, realizada al dictado de los organismos internacionales y sin oposición popular o sindical alguna. Las cosas fueron peor para la red de intereses y empresas que se tejió alrededor de la Obra. Protagonizadas generalmente por gente sin experiencia, las incursiones grupales en el mundo financiero, editorial, de comercio exterior, se han saldado con muchos conflictos internos y externos, clamorosos fracasos y una fama de inmoralidad y arbitrariedad que desde entonces ha caracterizado las aventuras mercantiles de unos hombres cuyos mentores difundian la idea de la santificación por el trabajo. El “affaire” Matesa, el Rumasa y tantos otros están lleno de nombres opusdeistas. El socio supernumerario Ruiz Mateos, a quien las autoridades del Opus ponían como ejemplo de padre modelo, empresario ejemplar y protector destacado, tuvo que ser prontamente excluído del índice de los miembros exhibibles en público, sobre todo después de sus peleas con otros colegas también opusdeistas a quienes él achaca su caída en desgracia. A tanto llegó la crítica que Escrivá, a finales de los años sesenta, decretó la supresión de las llamadas internamente empresas auxiliares u “obras comunes”, que fueron apresuradamente liquidadas. Las empresas de prensa, en las que Escrivá tenía puestas tantas esperanzas, “hemos de envolver el mundo en papel impreso”, decía, fueron las últimas en perder la dependencia institucional y algunas se transformaron en el grupo Recoletos (Telva, Marca, Expansión), dominado por hombres y mujeres afines al Opus y hoy en manos inglesas. Siguen coleando algunos escándalos y trapisondas como el de la Fundación General Mediterránea, uno de los instrumentos de la “economía sumergida” del Opus que ha dado pié a tantos rumores sobre las conexiones entre las finanzas opusdeisticas y las vaticanas que algunos especialistas están empezando a documentar fuera de España.


Paralelamente, un grupo selecto de hombres y mujeres del Opus se fueron concentrando en la sucesión de Franco. Algunos de ellos, Federico Suárez Verdeguer, Angel López Amo, Laura Hurtado de Mendoza tomaban posiciones en la naciente casa del Príncipe. Otros promovían la restauración monárquica, con partidarios de la candidatura de Don Juan, como el grupo que dirigía Calvo Serer, o de la de Don Juan Carlos, tesis de López Rodó e incluso algún opusdeista apoyaba la candidatura carlista. El propio Escrivá, finalmente, se decantó por las tesis de López Rodó. (Véase, mi “Historia oral del Opus Dei”, Plaza Janés, 1985 y Jesús Ynfante, “Opus Dei. Así en la tierra como en el cielo”, Grijalbo, 1996).


La tercera y actual etapa del Opus Dei en España coincide con la democracia, el papado de Juan Pablo II y la crisis de la enseñanza católica confesional. En la democracia hay algunos, más bien pocos, hombres y mujeres del Opus en la cúspide de los partidos de derecha nacional y regional y del poder bancario pero ya no actúan de una manera teledirigida como durante el franquismo sino en la prosecución de los intereses normales del capitalismo democrático al que pertenecen y del que extraen una cierta plusvalía para los fines propios. Al carecer España de un partido de extrema derecha no se puede cuantificar el trozo de extremismo político de la Obra aunque era obvia la simpatía de tantos militares,y algunos civiles opusdeistas por los protagonistas del intento de golpe de Estado de febrero del 81. “Los militares, por el sólo hecho de serlo, tienen ya la mitad de la vocación al Opus Dei”, predicaba Escrivá.


Juan Pablo II modifica la línea crítica del Vaticano hacia la Obra. Le concede, ya muerto Escrivá, la deseada transformación canónica y con ella una amplia autonomía de los obispos territoriales y beatifica al fundador en un episodio de manipulación del expediente que es censurado agriamente por miembros de la Curia y por todo el catolicismo progresista. Pero lo más importante de la nueva etapa es la transformación de la Obra en una organización dedicada a la enseñanza privada heredando la atención a las clientelas de clase media que los jesuítas estaban abandonando.


Escrivá había escrito en los documentos fundacionales que la Obra no tendría nunca centros de enseñanza, que lo propio de sus socios debía ser la actividad profesional ejercitada preferentemente “en instalaciones del Estado y con dinero del Estado” (Vid. Instrucción de San Gabriel, documento interno, 1937). Sin embargo, ni Escrivá ni sus delegados españoles dejaron de acoplarse a las circunstancias que les rodeaban, de hacer de la necesidad virtud. Liberadas tantas energías a partir de la crisis del modelo político mercantil, se inició una ininterrumpida carrera de creación de colegios de primaria y secundaria, y algunas Universidades, unos dependientes directamente de la institución, otros, de sociedades interpuestas. En 1998 no hay ciudad española ni capital latinoamericana que no tenga un colegio del Opus para chicos y otro para chicas, no se admite el sistema coeducacional, y algunas ciudades tienen tres o más. En ese empeño pedagógico, y en la burocracia interna, gastan sus energías la mayoría de los socios solteros del Opus, que, en cierto sentido, se ha transformado en algo parecido a aquellas congregaciones de enseñanza, como la de los Hermanos de la Salle o los Maristas, que surgieron en Francia como reacción contra el laicismo y el anticlericalismo de la Revolución. Eran gente seglar pero con votos religiosos, actuaban y vestían como laicos pero progresivamente sus costumbres e incluso su vestimenta se fueron uniformando, algo parecido a lo que ocurre con los solteros y, sobre todo, las solteras de la Obra. Poco a poco, el Opus Dei se clericaliza y hoy son sacerdotes la mayoría de sus mandos nacionales y regionales. La evolución de la institución lleva consigo también la transformación del paradigma de numerario. En la primera época el modelo ideal de numerario era un candidato a profesiones liberales, con un trato social esmerado. En la segunda, un gestor, un ejecutivo eficaz. Y en la actual, el perfil de numerario, antes laico, se va clericalizando. También se incrementa la endogamia social y la mentalidad de fortín, protección para los de dentro, gueto para los de fuera. Porque muchos de los socios numerarios nacen ya en un hogar de supernumerarios, van a los colegios propios, a las Universidades propias, de allí a Roma y, una vez entrenados, son destinados a la burocracia interna o a la red educativa sin ejercer una profesión civil ni tener experiencias mundanas. Es el caso del actual Presidente, Javier Echevarría, que muy joven se convirtió en el secretario de Escrivá y se ha pasado la vida en Roma, ocupado en la burocracia interna, sin tener estudios civiles ni experiencia profesional. Analistas del fenómeno coinciden también en observar una decreciente calidad social e intelectual de los nuevos afiliados.


La dedicación preferente a la enseñanza produce una reconversión de las metas fundacionales.Ya no se vislumbra ese despliegue de los opusdeistas por todos los sectores de la sociedad civil, a modo de “inyección intravenosa”, como expresaba el fundador, sino una concentración de esfuerzos en la educación de la infancia y la juventud. El control de tantas instituciones de enseñanza abre nuevos horizontes de influencia. Por una parte los centros educativos se plantean como plataformas para la indoctrinación. Animados por un papa muy militante y nutridos por ese neoconservadurismo cíclico en la Iglesia, los maestros y maestras del Opus se afanan por convencer a sus alumnos de la importancia de mantener el modelo jerárquico de familia tradicional, célula principal de la deseable sociedad orgánica y se enrolan con entusiasmo en la causa antiabortista una vez que la causa anticomunista ha perdido vigencia. Una nueva Contrareforma calienta el apostolado de la Obra algunos de cuyos sacerdotes ocupan cargos en la burocracia eclesiástica relacionados con la censura y la persecución de los clérigos que piensan por su cuenta. Tal activismo fundamentalista ha hecho innecesario el diseño de una doctrina o teología propias, ya sólo se trata de mantener la lealtad al mensaje tridentino en su actual versión vaticana. Por ello apenas hay en la institución teólogos dignos de tal nombre aunque mantenga, en Pamplona y en Roma, Escuelas de Estudios Eclesiásticos, básicamente especializadas en moral y derecho canónico. Podría decirse que el mundo del Opus tiene que ver cada vez más con la disciplina grupal, con el control del comportamiento y menos con la religión, con la teología. Como en otras instituciones de la Iglesia contemporánea, también en el Opus Dei se planteó en su día esa colisión entre los principios evangélicos de caridad y solidaridad y las reglas de juego de la sociedad capitalista y pronto se tomó partido por el éxito individual en la competitividad del mercado. Uno de sus más conocidos centros, el Instituto de Estudios Superiores de la Empresa de Barcelona, con sucursales latinoamericanas, lleva treinta años formando a sus selectos alumnos en las técnicas del “management” a la americana y proporcionando gerentes y directivos a las empresas que los pueden contratar. Y para confirmar la apuesta, Rafael Termes, expresidente de la patronal bancaria española y uno de los numerarios más conocidos, acaba de publicar un libro, “Antropología del capitalismo” (Plaza y Janés, 1994), en el que trata de probar el carácter natural, “cuasi revelado” del sistema económico en el que cree con tanta firmeza como en su fé.


Los colegios de la Obra tienen prestigio entre la clase media, por su calidad técnica, por la atención tutorial. Han heredado esa relación mezcla de cooperación y complicidad con las familias y la creación de lazos clasistas entre los alumnos que caracterizaba a la educación jesuítica porque, como comentaba el padre Arrupe, “viendo lo que ellos son hoy, veo lo que nosotros fuímos ayer y no debimos ser nunca”. Pero en ese éxito aparente está el germen de sus nuevos conflictos, la acusación por una gran parte del mundo católico de que el Opus Dei practica el sectarismo de menores en gran escala. Y en realidad no podía ser de otra manera. Los directivos del Opus han tenido que modificar su estrategia proselitista, su recluta de numerarios ante las nuevas circunstancias sociales. En la primera época los numerarios procedían de la Universidad y estaba prohibido, y mal visto, que chicos jóvenes fueran por las casas de la Obra. La vocación era cosa de hombres. Hoy, sin embargo, el proselitismo es dificil entre universitarios. Resulta más fácil aprovechar la red de colegios propios y el calor de los hogares de los supernumerarios para convencer a niños y niñas, de quince y hasta menos años, de que Dios los llama a una entrega total. Esta tarea se convierte en una obsesión para los maestros y maestras que se comprometen a hacer “pitar”, a reclutar a dos personas al año como mínimo y, como consecuencia, no dejan en paz a sus alumnos, en tutorías y en confesionarios, generalmente con la complicidad de los compañeros de éstos ya reclutados e igualmente obsesos. Ampliar el número, “que seamos más” es la consigna. Tan pesados se ponen que ha surgido una organización norteamericana, la Opus Dei Awareness Network Inc, para defender a los menores de un sectarismo que consideran parecido al de los “moonies”. Y aunque en España no existe tanta conciencia del peligro que representa tan precoz indoctrinación, los latinos somos más gregarios y el Opus forma más o menos parte de nuestro “habitat”, ya hay organizaciones, como la catalana AIS, de asesoramiento e información sobre sectas, que recibe habitualmente peticiones de ayuda contra la indoctrinación opusdeista de menores. Porque los modos secretistas e intimidatorios de la recluta escolar se continúan cuando el niño, el adolescente se hace del Opus. Apartamiento de la familia, censura de amistades y lecturas, imposición de horarios, estudios y lugar de residencia, manipulación de la conciencia, control profesional y económico, algo así como aquel “mitad monjes, mitad soldados” de la guerra civil, una versión católica y española de la grupalidad sectaria, hermética.(Véase mi “Sectas católicas: El Opus Dei”, en Revista Internacional de Sociología, 1992) Todo ello, por supuesto, contradice la versión oficial de que los socios del Opus son cristianos corrientes, laicos libres, con total normalidad en sus relaciones familiares y profesionales. Como decía una madre agraviada: “Si tanto predican los valores de la familia tradicional ¿ por qué tratan tan mal a sus propias familias? Un libro reciente, “Hijos en el Opus Dei”, de Javier Ropero (Ediciones B, 1993) pone de relieve esta situación desde la perspectiva de quien la ha sufrido y luego ha reflexionado sobre ella. Como es lógico la mayoría de esos jóvenes opusdeistas dejan de serlo apenas abren los ojos a la realidad. Pero a muchos les cuesta duros conflictos de conciencia, les crea situaciones anómalas de las que salen a veces con heridas físicas y mentales. Dos hermanas bilbaínas relatan hoy con horror la manipulación psicológica que se hace de las vocaciones dubitativas en la Clínica Universitaria de Navarra y tan asustadas están que se niegan a dar sus nombres y a hablar en público sobre ello. Muchos obispos, empezando por el cardenal de Londres, se han quejado a Roma de este modo de proceder, sin apenas conseguir más que reconocimientos en privado porque la Curia conoce la particular devoción del papa a la Obra y en una sociedad tan jerárquica como la Iglesia no es costumbre llevarle la contraria al mando. Pero bastaría que el siguiente papa no fuera tan complaciente para que aquella primera animosidad eclesiástica contra la institución rebrotara y muchos lo están deseando. A ello contribuye la prepotencia, la animosidad con la que se comportan los hombres y mujeres del Opus cuando pueden prevalerse de alguna influencia para calumniar y machacar al adversario. Historias no faltan y hay muchas cuentas pendientes en esas tradicionales peleas en torno al poder religioso. Incluso parece que, dentro del neoconservadurismo de la Curia actual otros movimientos como los Neocatecúmenos de Kiko Arguello, también de origen español y los Legionarios de Cristo, de fundación mexicana, disfrutan hoy de más simpatía que el Opus, demasiado lastrado ya por su historia y por su estilo. En Roma se están librando ya las primeras escaramuzas de la época postwoytila y los que ahora son valídos pueden terminar siendo barridos. El Vaticano es así. Mientras tanto, el carácter sectario de la institución se documenta y reconoce en ámbitos judiciales y políticos. Recientemente, el Parlamento belga ha incluído al Opus Dei en la lista de las sectas peligrosas para la juventud teniendo en cuenta, entre otros factores, las protestas de muchas familias cuyos hijos han sido objeto del implacable proselitismo opusdeista.


Particularmente violenta suele ser la reacción de la jerarquía opusdeística contra los socios que abandonan la institución y no se avienen a callar sobre su experiencia. Bastante sonados han sido los casos de dos mujeres españolas, antiguas numerarias. Una, María Angustias Moreno, recibió toda clase de calumnias y fué tildada de lesbiana por sacerdotes de la Obra como consecuencia de haber publicado un libro en el que, desde un catolicismo bastante convencional, criticaba el culto a la personalidad de Escrivá que se practicaba internamente. (El Opus Dei. Anexo a una historia, Planeta, 1976). La otra, María del Carmen Tapia, antigua superiora de la Sección femenina, está siendo demonizada por sus excolegas porque se ha atrevido a hacer un relato pormenorizado de la manera despótica y prepotente de gobernar que tenía Escrivá ,al que sirvió de ayudante en Roma (“Tras el umbral, un viaje al fanatismo”, Ediciones B, 1992. El libro ha sido traducido al alemán, al francés, al portugués, al inglés y al italiano).


Los directivos de la Obra esperaban mucho de la llegada al poder del Partido Popular y confiaban en que su gente iba a tener una importante cuota de poder. Sin embargo, los primeros resultados no son muy alentadores. Ningún opusdeista ha llegado a los ministerios importantes para ellos, desde luego no al de Educación y eso que el numerario Andrés Ollero había hecho notorios méritos para ocuparlo. Tampoco le han dado la cartera de Justicia el supernumerario Federico Trillo y algunos piensan que esa patada hacia arriba, hacia la Presidencia del Congreso ha sido la manera de evitar que tan contundente opusdeista reabra el debate del aborto de manera abrupta. Algunos de los líderes populares se ponen nerviosos cuando se les acusa de contaminación opusdeística.Y es que el Opus Dei ha heredado también de los jesuítas aquella mala fama de la que éstos gozaban en épocas pasadas. La influencia pública del Opus continuará ejerciéndose principalmente en el área económica, a través de los cientos de administradores y empresarios criados a su sombra que comparten la fé de Termes en el modelo de mercado y prefieren que el Estado intervenga en las costumbres sexuales más que en las otras. Los jesuítas y algunos otros grupos católicos no están muy conformes con que el PP haya entregado a un hombre del Opus la Dirección General de Asuntos Eclesiásticos. El nombramiento del canonista Alberto de la Hera garantizará, sin duda, la sintonía entre el actual Gobierno y el actual Vaticano y, de paso, el mantenimiento, sin recortes, de la financiación fiscal de la Iglesia católica.


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Most recent revision Monday 24 de February de 1998