EL TERRORISMO DEL BIENESTAR
Artículo de KEPA AULESTIA en "LA VANGUARDIA" del 26 de agosto del 2000.
Incluso en estos angustiosos días, resulta habitual
escuchar por boca de los responsables de las instituciones vascas
frases como, "a pesar de todo, nuestra economía se sitúa
por encima de la media española", "las empresas siguen
creando empleo", "la violencia no ha restado visitantes
a Euskadi", o esa otra máxima coloquial de "como aquí
no se vive en ninguna parte". La idea que se pretende
transmitir es que existe un pueblo capaz de sobreponerse a la
fatalidad del terror y de alcanzar niveles de prosperidad y
confort envidiables. Pero sería más correcto -más honesto-
darle la vuelta al argumento: el terrorismo persiste, entre otras
cosas, porque en el caso vasco el fanatismo se asienta
precisamente en el bienestar.
Los jóvenes que se ejercitan en el sistemático uso de la
coacción y el fuego nada tienen que ver con la marginalidad, la
desesperanza o la reacción generacional. Más bien son el fruto
de la sobreprotección familiar y el consentimiento. No
pertenecen a hogares rotos, y en contadas ocasiones sienten la
presión del reproche moral de sus progenitores. No son la
consecuencia del fracaso escolar, aunque sus andanzas les lleven
a veces al abandono prematuro de los estudios y a incorporarse al
mercado laboral antes que los de su edad. Pueden amargar la
fiesta a cualquiera. Pero sus incursiones tienen siempre que ver
con el trasnoche. Salen de su exclusivo espacio lúdico para
volver a él una vez cometidos sus desmanes. Los obituarios que
medios afines dedicaron a los cuatro jóvenes que perecieron en
Bolueta coincidían en destacar su carácter juerguista como
rasgo de integración social.
En realidad, la sociología de la izquierda abertzale ha ofrecido
siempre tasas de bienestar superiores a la media del país; tanto
que el 60% de sus integrantes dice pertenecer a la clase media.
Entre los votantes de HB hay una mayor población activa, más
empleo y muchos más trabajadores por cuenta propia que la media
del país. Los propios resultados electorales del sindicato LAB
atestiguan que su presencia se escora hacia los sectores de
empleo estable. Las localidades y comarcas en las que
tradicionalmente la izquierda abertzale ha contado con mayor
arraigo presentan rasgos sociológicos y de estructura económica
que inducen menores incertidumbres de futuro que en cualquier
otra parte del País Vasco; combinación de rentas de trabajo con
ingresos ligados a la posesión de la tierra o al sector
primario, presencia de la familia tradicional -no nuclear- como
garantía solidaria, fuerte enraizamiento de la familia en un
ámbito territorial reducido, etcétera. Si se compara el eco que
la llamada a la abstención por parte de HB obtuvo en las pasadas
elecciones generales con el nivel de empleo existente, nos
encontramos con que las localidades donde la participación
electoral fue más baja (Mondragón y su comarca, la zona de
Tolosa, los valles del Lea y el Artibai y otros) ofrecen índices
de pleno empleo para la población activa masculina y, en
general, tasas de actividad y puestos de trabajo siempre por
encima de los demás ámbitos territoriales del País Vasco.
Tras una estética ciertamente engañosa, el grupo social
identificado políticamente con las siglas HB -las miles y miles
de personas que en Euskadi se niegan a alzar siquiera en privado
su voz frente a ETA- promueve una dramática esquizofrenia que
alcanza, de una forma u otra, a buena parte de la sociedad vasca.
Es la doble vida que proporciona un rupturismo confortable. Un
grupo social privilegiado, que exprime hasta la apología y el
amedrentamiento los derechos de expresión, asociación y
manifestación, y que disfruta de los beneficios del bienestar
tanto o más que sus conciudadanos, sostiene sobre esas mismas
bases un régimen cruel y dictatorial. La pregunta resulta
obligada: ¿puede el resto de la sociedad preservar su propia
salud jactándose del bienestar del que disfruta mientras muchos
de sus responsables políticos tratan de comprender las razones
de quienes matan en nombre de esa misma sociedad? Me temo que no.
La liturgia del sufrimiento que los violentos, sus apologetas y
algunas almas comprensivas imponen al conjunto de la ciudadanía
se basa en que los verdugos siempre se hacen las víctimas para
poder soportarse a la hora de causar daño a los demás; en el
instintivo recurso de desprenderse de toda responsabilidad
personal para transferir a la existencia de un mal anterior todo
asomo de culpa en la comisión o en la justificación de un acto
de terror. Pero los efectos de la esquizofrenia enraízan en una
mayoría social que se siente más espectadora que víctima de
una situación cuyo final parece inalcanzable. Es precisamente
esa vivencia distante, escéptica e incluso indiferente ante el
drama del terrorismo -como si fuera una desgracia más ajena que
propia- la que favorece su perpetuación entre nosotros. Al
diluirse la línea de separación entre demócratas y violentos,
el nacionalismo vasco quiso subrayar sus diferencias con el
no-nacionalismo. Pero la violencia ha llegado a tal extremo que
la sociedad vasca corre el riesgo de terminar dividida entre
quienes sienten la amenaza cierta del terror y quienes creen
estar a salvo de todo peligro. La "socialización del
sufrimiento" propugnada por los portavoces de la "raz-
zia" obtendría así un triunfo espeluznante: sólo sus
víctimas quedarían excluidas de ese particular Estado de
bienestar -el derecho a seguir viviendo como en ninguna otra
parte- del que permitiría disfrutar a todos los que no se
opongan abiertamente a su propósito.